¡VÁMONOS, BACHACHA!

¡VÁMONOS, BACHACHA! 


Crónica para Mercedes de Jesús y Don Chichí

Por Arq. Jonathan Cirio Valdéz





La mañana del viernes 29 de mayo de 2026, Higüey despertó con una ausencia.

No fue una ausencia ruidosa. No se detuvo el tránsito. No enmudecieron las campanas. No hubo grandes anuncios. Sin embargo, quienes tuvimos el privilegio de conocer a Doña Mercedes de Jesús sentimos que algo importante había cambiado para siempre.


Había partido una maestra.

Había partido una líder comunitaria.

Había partido la fundadora del Colegio Las Dos Marías.

Había partido una mujer que dedicó su vida a educar, servir y amar.

Y para mí, además de todo eso, había partido una madre que la vida decidió regalarme.

Nuestra relación había trascendido hacía mucho tiempo las reuniones comunitarias y los espacios organizativos. Coincidimos durante años en el trabajo social, en las luchas por nuestros sectores, en las causas comunitarias que compartíamos desde la Asociación de Juntas de Vecinos de la Zona Norte de Higüey y desde los espacios donde ella siempre participó con entusiasmo y compromiso.

Sin que ninguno de los dos lo dijera expresamente, terminamos construyendo un vínculo que fue mucho más allá de la amistad.

Ella me quería como a un hijo.

Y yo la quise como se quiere a una madre.

Por eso, cuando sus hijos me llamaron una semana antes de su partida para decirme que preguntaba mucho por mí y que deseaba verme, no dudé un instante en acudir.

Fui acompañado de varios compañeros de Comunalt+, organización de la que ella también formó parte durante años.

Esperaba encontrar tristeza.

Pero encontré alegría.

Esperaba encontrar despedidas.

Pero encontré gratitud.

Reímos.

Conversamos.

Recordamos anécdotas.

Nos hicimos fotografías.

Nos grabamos videos.

Y durante toda aquella tarde Mercedes sonrió con una serenidad que todavía hoy me conmueve.

Hubo un momento especial.

Me pidió que nos tomáramos una fotografía mirándonos de frente y sonriendo.

No una fotografía cualquiera.

Quería que nos miráramos.

Que sonriéramos.

Que quedara guardado exactamente lo que sentíamos.

Hoy, cuando observo esa imagen, entiendo que aquella fotografía fue su manera de dejarme un abrazo para siempre.

En medio de la conversación señaló un cuadro que colgaba en una de las paredes de la sala.

Pidió que se lo acercaran.

Lo tomó entre sus manos.

Lo observó durante unos segundos.

Era la fotografía de su boda.

Entonces ocurrió algo extraordinario.

La anciana de casi noventa años desapareció.

La enfermedad desapareció.

Los años desaparecieron.

Y frente a nosotros volvió a aparecer aquella muchachita de Anamuya que se había enamorado por primera vez más de siete décadas atrás.

Yo conocía la historia.

Me la había contado años antes.

Pero quería volver a escucharla.

Quizás porque intuía que aquella sería la última vez.

Quizás porque algunas historias merecen ser contadas una y otra vez.

Quizás porque el corazón ya sabía lo que la razón todavía no quería aceptar.

—Mercedes, cuéntamela otra vez.

Ella sonrió.

Acarició el marco de la fotografía.

Y comenzó.

Todo ocurrió en Arroyo Vázquez, una comunidad de Anamuya perteneciente al municipio de Higüey, cuando la vida todavía transcurría al ritmo de los caballos, los caminos de tierra y las cosechas.

Mercedes era una de diecisiete hermanos.

Nueve mujeres.

Ocho varones.

Todos criados por una sola madre.

Era una época distinta.

Las sábanas eran de macario.

La ropa se descurtía utilizando palo amargo.

Las prendas se hervían en grandes latas.

Después se colocaban en enormes bateas llenas de agua para enjuagarlas.

Los cordeles se extendían por todas partes porque una familia de diecisiete hijos generaba más ropa de la que cualquiera podría imaginar.

Aquella tarde Mercedes lavaba junto a su hermana Luisa de Jesús, a quien todos llamaban Dalila.

De repente apareció un hombre.

Llegó montado.

Educado.

Bien vestido.

Y con una presencia que llamó inmediatamente la atención de ambas muchachas.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes, ¿qué usted desea?

Entonces el hombre respondió:

—Estoy buscando a la hija de Quintino de Jesús.

Mercedes le contestó:

—Pero esa somos nosotras.

El hombre las observó.

Y preguntó:

—¿Cómo ustedes se llaman?

—Yo me llamo Mercedes.

—¿Y ella?

—Ella es mi hermana Luisa de Jesús, pero le dicen Dalila.

Aquel hombre era viudo.

Su esposa había muerto durante un parto.

Tenían apenas un año de casados por la Iglesia cuando ocurrió la tragedia.

Mientras conversaban, él explicó quién era y qué había ocurrido en su vida.

Mercedes escuchaba con atención.

Todavía era una muchacha que apenas comenzaba a descubrir el mundo.

Tenía trece años y se acercaba a los catorce.

 Entonces él le preguntó:

—¿Y si yo te visito a ti?

Mercedes respondió con toda la inocencia de su edad:

—Somos gente. Para eso usted tiene que ir a mi casa para que me conozca. Mi casa es esa que está en aquel alto.

Entonces él sonrió.

Y pronunció una frase que marcaría para siempre la historia de ambos.

—Yo vuelvo, bachacha.

Y volvió.

Volvió el sábado.

A eso de las cinco de la tarde apareció montado en una hermosa yegua de paso fino, media prieta, perfectamente ensillada.

Mercedes todavía recordaba aquella imagen más de setenta años después.

La camisa blanca.

La elegancia sencilla del campo.

La manera en que aquel hombre llegaba únicamente para verla.

Conversaron durante horas.

Hasta que apareció Quintino de Jesús, el padre de Mercedes.

—Muchacho, ¿cómo tú estás?

—Yo estoy bien.

Después Quintino le explicó que Mercedes debía ayudar a majar arroz porque había que preparar la comida para toda aquella enorme familia.

Tres cajones de nueve libras cada uno.

Un trabajo agotador.

Pero así era la vida.

Aquella noche Chichí se marchó.

Sin embargo, al día siguiente regresó.

Y al siguiente también.

Y al siguiente.

No faltó nunca más.

Ni un solo día.

Unas veces llegaba en la yegua.

Otras en un pequeño caballo blanco.

Pero siempre regresaba.

Siempre encontraba una razón para volver.

Con el tiempo, Quintino comenzó a preocuparse.

Mercedes todavía no entendía muy bien qué era el amor.

Sus hermanos Fonso y Pablo tenían instrucciones de acompañarla y cuidarla constantemente.

Si ella iba a comprar donde Rufino Santana, uno caminaba detrás.

Y el otro delante.

Así era la protección que recibían las muchachas de familia en aquellos tiempos.

Pero mientras todos vigilaban, el corazón de Chichí ya había tomado una decisión.

Estaba profundamente enamorado.

Un día Mercedes decidió decirle que no regresara más.

Su padre había sido claro.

—Mira, Chichí, ya no visites esta casa porque mi papá me dijo que si yo no te votaba, él te iba a votar.

La reacción fue inmediata.

Chichí comenzó a llorar.

Se arrodilló.

Gritó.

Suplicó.

Aquella escena quedó grabada para siempre en la memoria de Mercedes.

Entonces él pronunció unas palabras que terminaría cumpliendo durante toda su vida.

—Tú te vas conmigo y yo no te voy a fallar.

Ella tenía apenas catorce años.

Él tenía veintiocho.

Pero hablaba con una convicción absoluta.

—Si tu papá no quiere hacer la boda, tú te vas conmigo.

Mercedes se negó.

Una y otra vez.

Pero Chichí insistió.

Finalmente le dijo:

—Yo me voy hasta la puerta de golpe. Prepárate. Tú te vas conmigo esta noche.

La puerta de golpe era una enorme puerta de madera ubicada en la entrada de la propiedad familiar.

Mercedes recordaba perfectamente aquel lugar.

Y recordaba perfectamente el miedo que sintió.

Su madre escuchaba parte de la conversación desde la cocina exterior, como era costumbre en aquellas casas campesinas.

Pero no imaginaba lo que estaba a punto de ocurrir.

Mercedes no tomó ropa.

No tomó pertenencias.

No preparó maletas.

Simplemente salió corriendo.

Corrió entre las canas.

Corrió apartando las pencas con las manos.

Corrió con el corazón desbocado.

Corrió con miedo.

Corrió sin saber qué encontraría al otro lado del camino.

Y allí estaba él.

Esperándola.

La ayudó a subir al caballo.

Y partieron juntos.

Aquella decisión provocó un enorme escándalo.

Mercedes era menor de edad.

Las autoridades comenzaron a buscar a Chichí.

Muchos entendían que debía ser apresado.

Sin embargo, aquella historia encontró protección donde menos se esperaba.

La recién construida Iglesia San Dionisio intervino.

Y también intervino el padre Benito Taveras.

En aquellos años la autoridad moral y jurídica de la Iglesia Católica gozaba de una protección especial bajo el Concordato existente entre el Estado Dominicano y la Santa Sede.

Aquella protección resultó decisiva.

El padre Benito asumió la mediación del caso.

Las puertas de la iglesia fueron cerradas.

Dentro quedaron únicamente los novios, dos testigos y el sacerdote.

Mercedes vestía un sencillo traje morado confeccionado en seda fría, tal como se acostumbraba entonces.

Y allí, bajo la protección de la Iglesia Católica y la solemnidad del sacramento, Mercedes y Chichí contrajeron matrimonio.

Aquella boda no solamente legitimó su unión.

También puso fin a la persecución que pesaba sobre él.

Fue allí, además, donde Mercedes decidió abrazar plenamente la fe católica.

Chichí era profundamente devoto de la Virgen de La Altagracia.

Presidía la hermandad de los toreros de la Virgen.

Cantaba salves.

Organizaba actividades religiosas.

Y mantenía una estrecha relación con la Iglesia.

Quizás por eso la Providencia colocó al padre Benito Taveras en su camino cuando más lo necesitaban.

Se establecieron en Jobo Jagüey, en La Otra Banda.

Aquellas tierras estaban cubiertas de naranjales.

Tanto que a la zona le llamaban un “chinal”.

Allí comenzaron su vida.

Y allí enfrentaron una de las pruebas más difíciles.

Durante veinte años no pudieron tener hijos.

Veinte años.

Una eternidad para una pareja enamorada.

Pero nunca dejaron de creer.

Nunca dejaron de esperar.

Nunca dejaron de amarse.

La solución llegó mientras Mercedes acompañaba a su padre Quintino durante una enfermedad hepática en Santo Domingo.

El médico que lo atendía era la doctora Olga Báez.

Aprovechando la estancia, Mercedes decidió consultar su propio caso.

Entonces descubrieron que tenía una desviación en la matriz que impedía la fecundación.

La doctora le indicó un tratamiento sencillo.

Y ocurrió el milagro.

En mayo quedó embarazada.

Llegó Jesús Antonio.

Once meses después nació María Esther.

Luego llegaron unas gemelas que lamentablemente fallecieron.

Y finalmente nació María Mercedes.

Tal como ella había pedido a Dios.

Dos varones.

Dos hembras.

Dos parejas.

Exactamente como había soñado.

Mercedes estudió magisterio en la Escuela Normal Vicente Moscoso de San Pedro de Macorís.

Posteriormente fue nombrada maestra en el Batey Del Isleño.

Allí trabajó once años.

Allí educó generaciones.

Allí ayudó a alfabetizar niños.

Allí también crecieron muchos de sus propios hijos.

Mientras tanto, Chichí seguía a su lado.

Ella le enseñó a leer.

Le enseñó a escribir.

Le enseñó matemáticas.

Y juntos construyeron una familia admirable.

Cuando le pregunté cuál había sido el secreto de una unión tan duradera, Mercedes no habló de dinero.

No habló de sacrificios.

No habló de suerte.

Simplemente dijo:

—Duramos sesenta y tres años casados sin pelear.

Sesenta y tres años.

Toda una vida.

En 2014 Chichí murió.

Pero nunca se fue del todo.

Permaneció en los hijos.

En los nietos.

En las historias.

En los muebles de caoba.

En las fotografías.

Y sobre todo en la forma en que Mercedes pronunciaba su nombre.

Porque nadie habla así de alguien a quien ha olvidado.

Aquella tarde, mientras sostenía la fotografía de su boda entre las manos, comprendí que Mercedes no me estaba contando solamente una historia de amor.

Me estaba entregando un legado.

La memoria de una época.

La memoria de una familia.

La memoria de una forma de amar que hoy parece imposible.

Y también una promesa.

La promesa de escribir esta historia.

Hoy intento cumplirla.

Y mientras escribo estas líneas, me gusta imaginar que los caminos de Arroyo Vázquez vuelven a estar iluminados por el sol de la tarde.

Que las canas vuelven a moverse con el viento.

Que la vieja yegua vuelve a recorrer los senderos.

Y que, al otro lado de la eternidad, Chichí ha salido nuevamente a buscarla.

No como un anciano.

Sino como aquel joven que un día llegó preguntando por la hija de Quintino de Jesús.


Entonces la encuentra.

Le extiende la mano.

Y le dice exactamente lo mismo que le dijo cuando comenzó esta historia:

—"Vámonos, bachacha.

Y ella, como aquella muchachita de catorce años que nunca dejó de existir dentro de su corazón, volvió a seguirlo.

Esta vez para siempre. "




                                                                                                                       

 Con eterno amor y agradecimiento para ti donde quiera que estes. 



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